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La banda de Marchante

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Cuando teníamos diez o once años el colegio solía llevarnos a ver algún partido del Club de Fútbol Gandía que se celebraba entre semana. Supongo que sería parte de un acuerdo entre colegio y club para potenciar la afición entre los más pequeños. En fila india, con nuestro delantal a rayas de puños y cuello azul cobalto llegábamos al estadio y nos sentábamos en las gradas a animar al club local. La verdad era que a esa edad poco durábamos en el mismo sitio ya que al poco rato nos desperdigábamos por los alrededores y acabábamos en el cercano río tirando cantos rodados que intentábamos hacer rebotar en el agua. Mi niñez, nuestra niñez, tuvo lugar en un espacio de libertad y aventuras que hoy los niños van perdiendo. Gandía era un núcleo todavía relativamente compacto y separado claramente del resto de pueblos por el laberinto de caminos y acequias que conformaban la huerta de la Safor. La bicicleta era el vehículo del explorador por excelencia con la que nos arriesgábamos a recor...

Simón el estilita

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Miles de coches, motocicletas, los autobuses urbanos y ultimamente bicicletas confluyen en la que, tal vez, es la plaza más concurrida de Gandía. Una fuente lanza un geiser burbujeante día y noche en el mismo centro de una glorieta con cesped, siempre inaccesible entre tanto bólido. En una de las cuatro manzanas que la rodean haya una oficina de La Caixa, siempre con clientes entrando y saliendo atentos a sus finanzas. En la siguiente hay ahora mismo un bajo en plena reforma. Es cruzar un pequeño paso cebra y se alcanza la cafeteríaTutikedu bajo la que fue llamada durante mucho tiempo la finca de la Firestone. La terraza de este bar suele estar tomada por lo que parecen ser rumanos o búlgaros. Apoltronados en sus sillas, robustos como armarios ellos y con coquetería algo barroca ellas, le dan un sabor particular a esa esquina. Yo diría que tienen un cierto aire mafioso no tanto por su nacionalidad como por su estilo de vestir y de moverse. Tal vez sean solo mis prejuicios. Ya e...

Sueño de una noche de verano

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"A mi compañera Conxa Llorca hoy que cruza una etapa volante en la que será seguro una larga vida" Escucho a Boccherini en una calurosa mañana de quince de agosto. Es una melodía hermosa la de " Los españoles se divierten por las calles de Madrid " para empezar mi primer día de vacaciones completas de este verano. Este 2012 está resultando un año difícil en muchos sentidos. Nuestro país se enfrenta a una profunda crisis que, ahora mismo, se disimula entre el calor y las vacaciones de estas semanas. Tras el paréntesis llegará de nuevo septiembre. Furioso y tenso. Hace dos días cambiamos los planes tras encontrar el cine de verano con la taquilla cerrada. Con los bocadillos y las bebidas buscamos un sitio donde cenar y, no sin antes haber mantenido las típicas peloteras familiares sobre la idoneidad del lugar, nos decidimos por la escollera del puerto de Gandía. Hay una piedra plana, algo así como a media distancia de su longitud total, que conocemos des...

Ya no hay luciérnagas en las noches de verano

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Al final de la calle San Ramón había un maizal que, en las noches de verano, aparecía lleno de mazorcas y luciérnagas. Rodeándolo y, junto a una amplia acequia, una senda giraba en ángulo recto y salía hasta la vía del ferrocarril de Alcoy. Como en un sueño recuerdo la máquina de vapor: Atronadora como un animal mitológico. Expulsando humo y vapor. Tras ella algún pequeño vagón traqueteando. Como todos los niños saludábamos ilusionados a los desconocidos viajeros y al espectáculo de una máquina tan magnífica y aterradora a la vez. Era cruzar la vía y llegar al pequeño huerto del tío Antonio. No era extraño verlo concentrado en sus tareas. Siempre un saludo cordial y muchas veces un pequeño regalo de unos tomates o alguna hortaliza para traer a casa. Tras seguir unos metros más la vía se accedía a uno de los únicos puentes ferroviarios de estructura metálica que todavía cruza el río Serpis. Hay una edad, aproximadamente hacia los doce años, en que los niños, especialmente los ...