Kilmore Quay. Agonía de un pueblo pesquero.
Dormir en aquella claustrofóbica habitación solo fue posible porque estábamos agotados tras un día tan largo e intenso. El amanecer nos sorprendió mucho antes de lo que nuestros cuerpos habrían deseado: en Irlanda, cuando la primavera se deshace del frío, el sol irrumpe por los ventanales a las cinco de la mañana. El desayuno, sin poder calentar la leche, lo hicimos de pie. Gracias a los cereales y al café soluble que llevábamos de casa, usando los vasos, bol y cubiertos que también habíamos traído pudimos salvar la situación. Inquietos ante la perspectiva de la excursión a la isla, salimos a caminar por el pueblo haciendo tiempo antes de embarcarnos. El silencio marino de Kilmore Quay, solo roto por el grito lejano de las gaviotas, tenía un aire tranquilo, como si allí las horas pasaran más despacio. Kilmore Quay, en gaélico “Muelle de la gran iglesia”, es un nombre acertado porque, en realidad, lo único que destaca a nivel monumental es una capilla neogótica en una de las tres calles...