El eterno retorno
Primer domingo de agosto de 2013. Son ya varios los fines de semana en los que paso a recoger a mi madre. No se si ella se da realmente cuenta de la rutina que se ha creado por más que mi padre me insiste en que me espera con ilusión y arreglada. Sí se que mi padre está ansioso de estar un rato a solas sin ese fantasma que recorre la casa abriendo cajones e intentando reproducir antiguas rutinas de ama de casa con el criterio de una persona demente. Mi madre no ha perdido la coquetería femenina. En cuanto ve un espejo se intenta arreglar el poco pelo que le queda. Había intentado maquillarse, pero su enfermedad neuronal le había llevado a mancharse de carmín fuera de los labios y a pintarse ojeras más que la raya del ojo. Encorvada, aferrada a su bolso, me ha acompañado y hemos cargado la silla de ruedas en el coche. He pensado que le gustaría ver a su hermano que vive en La Drova. La Drova siempre ha sido un lugar recurrente en mi vida, mi particular paraíso perdido ...