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La maleza

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Verano en el patio trasero. Sentado junto a la mesa del jardín veo las nubes estratosféricas y el cielo claro que trae el poniente. Hace ocho años que nos mudamos a esta casa y las paredes ya reclaman una mano de pintura. Algunos de los robustos maceteros que con tanta ilusión compramos han sido reventados por las raíces de unas plantas ahogadas en su propio espacio. Hay que ahorrar para devolver su aspecto a las cosas. Al otro lado del muro veo unos árboles que apenas eran unas varas con hojas cuando llegamos. El tiempo y el abandono del huerto de naranjos que una vez fue les ha permitido crecer hasta sobrepasar con creces la altura de un tercer piso. Más allá, pasados los pinos ya de camino a Gandía, empiezan los campos abandonados a su suerte que han sido desbrozados en un intento del ayuntamiento de restablecer el orden frente a la tupida selva en que se habían convertido. En un país donde la crisis hace mella vuelve a reinar la tendencia universal a la máxima entropía. ...

Ya no hay luciérnagas en las noches de verano

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Al final de la calle San Ramón había un maizal que, en las noches de verano, aparecía lleno de mazorcas y luciérnagas. Rodeándolo y, junto a una amplia acequia, una senda giraba en ángulo recto y salía hasta la vía del ferrocarril de Alcoy. Como en un sueño recuerdo la máquina de vapor: Atronadora como un animal mitológico. Expulsando humo y vapor. Tras ella algún pequeño vagón traqueteando. Como todos los niños saludábamos ilusionados a los desconocidos viajeros y al espectáculo de una máquina tan magnífica y aterradora a la vez. Era cruzar la vía y llegar al pequeño huerto del tío Antonio. No era extraño verlo concentrado en sus tareas. Siempre un saludo cordial y muchas veces un pequeño regalo de unos tomates o alguna hortaliza para traer a casa. Tras seguir unos metros más la vía se accedía a uno de los únicos puentes ferroviarios de estructura metálica que todavía cruza el río Serpis. Hay una edad, aproximadamente hacia los doce años, en que los niños, especialmente los ...

Real de Gandía: el año de la rata

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Voy cruzando los largos caminos de cemento entre huertos y observo la decadencia de la que fue una de las huertas más ricas de Valencia y por ende de Europa. Desde hace siete años paseo casi a diario por este damero de parcelas donde, en mi niñez, veía pulcros naranjales cuidados como jardines. El abandono se extiende año tras año como un cáncer que va estrangulando los árboles que no se han cortado llenando los campos abandonados de un manto vegetal espeso y amenazador. Impenetrable excepto para las ratas. Los años de la borrachera inmobiliaria llenaron este pueblo con calles destinadas al nuevo polígono industrial y de casas unifamiliares y adosados donde encontrar una vida tranquila en un entorno agradable. El sueño de prosperidad lleva camino de ser una pesadilla. La mayor fábrica del polígono está agonizando, a punto de cerrar. Los terrenos industriales son el reino de maleza y se van cubriendo de desechos y trastos. Junto al vado del río o al final de los caminos agr...