Un remolino que todo lo traga
De buena mañana la huerta que queda entre Real de Gandia y Beniarjó se despierta entre los cantos primaverales de los pájaros. Unos labradores hacen sus tareas mientras charlan tranquilamente. Si no fuera por la autopista que corta como un cuchillo los campos de naranjos parecería que el tiempo se parado entre el Serpis y el Vernisa. La ilusión es esto, un espejismo de un espacio atravesado por carreteras con vehículos que llenan de humo la atmósfera. Yo, con mi vehículo, no soy más que un cantante más de la coral. Atravieso el río, hoy otra vez seco, de camino al instituto. Son días de notas y comento a mis alumnos los resultados. Se quejan del hecho, dicen ellos, que se pide mucho trabajo, que todo es muy difícil. Yo los digo, bien lo sé, que, al contrario, cada vez podemos pedir menos. Quien está en la enseñanza ya con décadas de experiencia sabe bien que cada vez el nivel de exigencia va bajando de forma sostenida año tras año. Obviamente la genética no ha cambiad...