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El milagro de los panes

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--> La generación de niños de la posguerra española soñaba, tal como cuenta mi padre, en comer pan blanco. La harina de trigo era un producto escaso y se sustituía con un tipo de pan llamado “mincho” elaborado con maiz y que a poco tiempo de ser cocido se volvía tan elástico como la goma. Era tiempo de hambre y el paraíso la misma Jauja. Los nacidos en los sesenta nos criamos en un país con relativa prosperidad que permitía, en general, comer cada día. Aunque sin lujos y sin abusos la ternera, la merluza o las tortillas forman parte de mis recuerdos de niño. La cantinela de “no te dejes la comida” seguida de un “ay si hubieras pasado el hambre de la guerra” formaban parte del eterno sermón a los niños inapetentes. No creo que nadie de mi edad dejara de oír alguna vez la cantinela incomprensible sin la vivencia directa. Mi tía Hilde contaba que tras la guerra en Alemania dejaban que la comida se llenara de gusanos para poder comer proteínas. Eso no se entiende si no s...

El ubicuo y esquivo centro del universo

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El patio trasero de Alicante es un dédalo de tierra blanca y vías de asfalto. Áridas colinas y montañas surgen en un paisaje marciano colonizado caóticamente. Una vieja casa de campo surge entre  talud y talud de las autopistas. Una cantera de acantilados escalonados, con paredes blancas talladas a plomada, es coronada por una tolva de proporciones titánicas. Algunas barriadas llegan a abalanzarse sobre las autopistas  en orgía promiscua con los polígonos. Las señales de tráfico y las vallas publicitarias luchan por atraer al conductor. El navegante, no obstante, atisba entre las señas hasta que detecta el totem mágico coronado por la M mayúscula. Estoy sentado en una mesa de un McDonald's, perdido en medio de lo que fue el árido campo del Alacantí. Un día de luz acerada de final de agosto con cielos que presagian tormentas por poniente y azul y sombras afiladas por levante. Es uno de esos días de 33 grados inmisericordes que obligan al refugio al amparo de un carit...