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La banda de Marchante

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Cuando teníamos diez o once años el colegio solía llevarnos a ver algún partido del Club de Fútbol Gandía que se celebraba entre semana. Supongo que sería parte de un acuerdo entre colegio y club para potenciar la afición entre los más pequeños. En fila india, con nuestro delantal a rayas de puños y cuello azul cobalto llegábamos al estadio y nos sentábamos en las gradas a animar al club local. La verdad era que a esa edad poco durábamos en el mismo sitio ya que al poco rato nos desperdigábamos por los alrededores y acabábamos en el cercano río tirando cantos rodados que intentábamos hacer rebotar en el agua. Mi niñez, nuestra niñez, tuvo lugar en un espacio de libertad y aventuras que hoy los niños van perdiendo. Gandía era un núcleo todavía relativamente compacto y separado claramente del resto de pueblos por el laberinto de caminos y acequias que conformaban la huerta de la Safor. La bicicleta era el vehículo del explorador por excelencia con la que nos arriesgábamos a recor...

Ya no hay luciérnagas en las noches de verano

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Al final de la calle San Ramón había un maizal que, en las noches de verano, aparecía lleno de mazorcas y luciérnagas. Rodeándolo y, junto a una amplia acequia, una senda giraba en ángulo recto y salía hasta la vía del ferrocarril de Alcoy. Como en un sueño recuerdo la máquina de vapor: Atronadora como un animal mitológico. Expulsando humo y vapor. Tras ella algún pequeño vagón traqueteando. Como todos los niños saludábamos ilusionados a los desconocidos viajeros y al espectáculo de una máquina tan magnífica y aterradora a la vez. Era cruzar la vía y llegar al pequeño huerto del tío Antonio. No era extraño verlo concentrado en sus tareas. Siempre un saludo cordial y muchas veces un pequeño regalo de unos tomates o alguna hortaliza para traer a casa. Tras seguir unos metros más la vía se accedía a uno de los únicos puentes ferroviarios de estructura metálica que todavía cruza el río Serpis. Hay una edad, aproximadamente hacia los doce años, en que los niños, especialmente los ...

Real de Gandía: el año de la rata

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Voy cruzando los largos caminos de cemento entre huertos y observo la decadencia de la que fue una de las huertas más ricas de Valencia y por ende de Europa. Desde hace siete años paseo casi a diario por este damero de parcelas donde, en mi niñez, veía pulcros naranjales cuidados como jardines. El abandono se extiende año tras año como un cáncer que va estrangulando los árboles que no se han cortado llenando los campos abandonados de un manto vegetal espeso y amenazador. Impenetrable excepto para las ratas. Los años de la borrachera inmobiliaria llenaron este pueblo con calles destinadas al nuevo polígono industrial y de casas unifamiliares y adosados donde encontrar una vida tranquila en un entorno agradable. El sueño de prosperidad lleva camino de ser una pesadilla. La mayor fábrica del polígono está agonizando, a punto de cerrar. Los terrenos industriales son el reino de maleza y se van cubriendo de desechos y trastos. Junto al vado del río o al final de los caminos agr...