El final del túnel


En esta etapa de la vida, abrir los armarios para encontrar algún documento necesario parece acceder a los restos apilados como estratos geológicos de un tiempo pasado. Viejos ejemplares de los cómics de la adolescencia, ídolos musicales congelados en el blanco y negro, trabajos artísticos de aquel joven estudiante que fui y tantas otras cosas acumuladas a la espera de volver a ser relevantes o, casi con mayor seguridad, de acabar en el cubo de la basura. Al fondo de una caja había una libreta azul con los apuntes que, en 1979, tomé en el cursillo de socorrista. Letra todavía infantil, dibujos toscos. Hojeándola, apareció un viejo recorte de prensa en el que, en unas pocas líneas, se hablaba de la muerte de un periodista de origen argentino llamado Ambrosio García Lao. ¿Por qué había guardado aquella noticia?

Volví a aquel año 1983, a aquel verano trabajando de socorrista, al cargo, junto a mi compañero Juan, de la zona que nos correspondía. Toda la playa estaba dividida en sectores, con tres mástiles cada uno. Entre nuestras obligaciones estaba colocar o cambiar la bandera que indicaba el estado del mar y colgar un salvavidas encordado. Cada semana nos correspondía una zona diferente, pasando de norte a sur, a la vecina. Podría haber sido diferente, pero estábamos frente a la Colonia Ducal.

Había sido aquel jueves, día 11 de agosto, un día sin pena ni gloria. Uno más de tantos en los que nos limitábamos a patrullar, haciéndonos cargo de los niños perdidos y supervisando el mar. La playa de Gandia era, los días de bandera verde, un mar manso y acogedor. Los de bandera amarilla eran los más peligrosos, porque las corrientes de retorno podían arrastrar a los más confiados hacia dentro sin que se dieran cuenta. Nosotros lo conocíamos y, nada más llegar a la zona, plantábamos la sombrilla delante del canal invisible para la mayoría. Algunos días teníamos que sacar a muchos despistados de la poza de donde no podían salir.

Con cuarenta y tres años ya transcurridos, los recuerdos son una mezcla de acontecimientos, interpretaciones y zonas donde la memoria ha muerto. Sí sé que era hacia el mediodía y también que fui a la zona vecina con algún encargo. Podría ser por un niño perdido, por baterías para el transmisor de radio o por cualquier otra cosa. Con la tranquilidad de un día de bandera verde, saludé a los compañeros y regresé por la orilla hacia nuestra zona.

Ambrosio García Lao no sabía que aquel día iba a morir. Como periodista que era de Radio Exterior de España, le habían encargado una crónica en la playa de Gandia, a la que vino con su pareja. Entonces existía todavía el restaurante donde debían realizar el reportaje, «El Mesón de los Reyes», establecimiento culinario regentado por una familia llegada de Alcalá de la Selva, en Teruel. Yo era amigo de Carmen, la hija, y había ido en alguna ocasión a comer o a cenar a aquel lugar, que gozaba de cierta fama en aquellos años. Hace tiempo que el establecimiento está cerrado, sin que nadie haya retomado la actividad. Carmen murió ya prematuramente. Cuarenta y tres años son muchos.

Tal vez la pareja decidió aprovechar que estaban en la playa para disfrutar del sol y del mar, y él se adentró en el Mediterráneo mientras ella tomaba el sol. Como impelido por un mecanismo fatal, piezas del engranaje del tiempo y el destino, llegué caminando tranquilamente de vuelta a la zona. No habría pasado un minuto desde que había llegado cuando nos avisaron de que había un cuerpo flotando sobre un banco de arena, con dos palmos de agua. Rápidamente fuimos y lo sacamos. Lo recuerdo a la orilla del mar, con ese aspecto de títere desmadejado que tienen las personas que acaban de morir. En el momento de sacarlo, la vida ya hacía un rato que lo había abandonado. Su rostro nunca permaneció en mi memoria.

Cualquier incidente en la playa creaba un círculo morboso de personas en traje de baño que contemplaban con curiosidad el suceso. Es una contradicción, la de la ropa colorida del verano con el drama que se vislumbra en estos casos. Yo diría que hay algo indecente. Había que hacer espacio, empujando a los curiosos a gritos, porque el círculo se cerraba como por un horrible magnetismo.

No recuerdo muy bien los detalles. Solo un cuerpo muerto sin facciones. De las últimas filas del círculo de curiosos salió la mujer, dándose cuenta del drama que acababa de golpearla. Pienso que quizá estos casos son los que mejor muestran la fragilidad de la condición humana, el horror caído sobre la persona como una mina que hace estallar el futuro. La playa, tal vez, sea uno de los lugares más indignos para morir. El muerto con la mínima ropa, mojado y sucio de arena. Los familiares, con una indumentaria nada digna para un momento de semejante solemnidad fatal.

No recuerdo cómo fue el traslado, pero, por lógica y según se hacía entonces, debió venir la lancha y llevárselo. La niebla del tiempo difumina los acontecimientos, que regresan súbitamente con el hallazgo de la libreta azul y la nota.

Ahora, a partir del nombre y de la noticia encontrada, escudriñé internet, con una facilidad que estaba a años luz de las posibilidades de 1983. No costó mucho descubrir la dimensión de un hombre cuya trayectoria y relevancia yo ignoraba. Descubrí que era periodista y que su mujer era también escritora.

Detrás de aquel cuerpo extraído del agua había toda una trayectoria vital de ambición, rebeldía y talento. Había pasado la infancia mudándose de ciudad en ciudad siguiendo los destinos profesionales de su padre, hasta que la familia echó raíces en Mendoza. Allí, el joven Ambrosio intentó cumplir el mandato paterno matriculándose en distintas disciplinas, hasta que se rebeló y escuchó su verdadera vocación: la palabra escrita. Desde sus primeros trabajos en la prensa fue escalando posiciones hasta convertirse en profesor y en uno de los pioneros más populares de la televisión argentina durante los años sesenta. Eran tiempos prometedores, de esa plenitud profesional en la que parece que el ascenso será infinito. ¿Quién no ha pasado por esa sensación?

En uno de aquellos viajes entre continentes, a bordo de un barco de regreso de España, conoció a quien sería su mujer y madre de sus hijos. Parecía una vida consolidada, triunfadora y segura, pero la Historia con mayúsculas siempre tiene la capacidad de golpear sin avisar, como una espada de Damocles. Los turbulentos cambios políticos en la Argentina de los setenta pusieron su mundo patas arriba: el gobierno de Isabel Perón nacionalizó su productora y lo despojó de casi todo, dejándole poco más que su máquina de escribir. Con la llegada de la junta militar poco después, el exilio se convirtió en la única opción digna para continuar escribiendo en libertad.

Las decisiones humanas son caminos de los multiversos posibles. ¿Qué habría pasado si hubiera permanecido en Argentina? Venir a España abrió nuevos caminos, pero también nuevas incertidumbres. El péndulo de la vida seguía su ritmo para un hombre de ya cincuenta años.

Al cruzar el Atlántico, un océano que siempre ha sido puente de destinos, consiguió rehacerse profesionalmente en Radiotelevisión Española. La presión del cambio, sin embargo, le pasó factura en forma de preinfarto poco después de llegar, pero su determinación lo llevó incluso a volver a estudiar para adaptarse al periodismo del nuevo país. La familia se había ido acomodando a esta segunda oportunidad cuando fue enviado a realizar un reportaje a una ciudad donde, sin saberlo, encontraría su final.

Nadie puede saber qué ocurrió. Un infarto, dijeron cuando llegaron las primeras noticias, supongo que procedentes del forense. Juan y yo fuimos convocados al juzgado para declarar. Nunca más supe qué ocurrió ni quién era aquel hombre al que no pudimos salvar.

Como decía Ernesto Sábato, las vidas son como túneles personales que, a veces, avanzan en paralelo abriendo ventanas. Yo llegué a coincidir al final del túnel de Ambrosio, justo cuando acababa de cerrarse en una oscuridad insondable. La galaxia de miles de vidas que aquel día habían concurrido en la playa dibujaba un mar de color de verano, de sombrillas y niños con la pala y el cubo jugando a construir y destruir, los patinetes con gente risueña y una muerte repentina. Nosotros también estábamos allí y, en un punto minúsculo del espacio y del tiempo, coincidimos, desgraciadamente demasiado tarde.

Con él murió todo el conocimiento, las experiencias y la vida acumulada. Se perdieron sus lecturas y su conocimiento de Jorge Luis Borges y otros autores contemporáneos de aquellos tiempos. Dejó detrás una familia huérfana, de la que solo puedo encontrar una pequeña referencia.

El joven de veinte años que era yo ahora ya es siete años mayor de lo que era él. Ha pasado una vida sin recordar más que un cuerpo sin nombre y unos pocos datos. Ahora que he visto su biografía, he sentido la necesidad de recordar y poner en valor una vida que terminó un día de verano en una playa cualquiera del Mediterráneo y de la que yo fui testigo. Unas pocas palabras suyas, con mucho humor sobre la muerte, lo devuelven a la vida y dicen mucho sobre su carácter.

«Morirse es crear una serie incontable de molestias y gastos para todos, menos para el occiso. Y no hay derecho a aprovechar que uno está muerto para crear todos estos problemas, con la excusa de que uno ya no es responsable.»

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