Los días perdidos
Eran los setenta, una época en la que los tocadiscos a monedas, hacían furor. Los niños del club de natación al finalizar el entrenamiento en el camping Caudeli bajábamos en el bar y pedíamos un paquete de papas o un Trinaranjus que mendigábamos a los padres. Otros se ponían delante del tocadiscos a ver los cartelitos, poner un duro por la ranura y elegir una canción de entre todas las disponibles. En aquellos años Nino Bravo hacía furor y era una elección segura. Fue probablemente el primer cantante que escogí como favorito y, con la inocencia infantil, lo mitifiqué. Tal vez sea por esta admiración que recuerdo perfectamente la conmoción al saber que había muerto en un accidente de tráfico. Me faltaban unos días para hacer diez años cuando pasó. Fue uno de esos momentos en que el niño que ha vivido en un presente eterno, en su tránsito hacia la madurez, se da cuenta del significado de la muerte. Hace ya, en el momento que escribo estas líneas, cuarenta seis años de su muerte. ...